La fragilidad de las infraestructuras hídricas que no queremos ver en Murcia

En la Región de Murcia hablamos mucho de agua. La defendemos, la reclamamos, la optimizamos. Hemos aprendido a convivir con su escasez y a elevar la eficiencia a niveles de referencia internacional. Sin embargo, hay una parte del sistema hídrico que apenas mencionamos y que, precisamente por pasar desapercibida, se ha convertido en nuestro punto más débil: las infraestructuras que ya existen.

La red de tuberías que discurre bajo nuestras calles, los bombeos que trabajan día y noche, las conexiones que permiten que cada hogar abra un grifo con plena confianza… Todo ese entramado silencioso sostiene la vida diaria de más de un millón de personas. Y, aun así, no siempre recibe la atención que merece. No se inaugura, no se fotografía, no se presume. Solamente se nota cuando falla. Y cuando falla, falla de verdad.

En los últimos años hemos visto cómo episodios climáticos intensos —lluvias torrenciales, cambios bruscos de presión, inundaciones repentinas— han puesto contra las cuerdas a municipios enteros. Una DANA o una tormenta no sólo afecta a calles, campos o viviendas: afecta también a una red de agua que, en muchos tramos, acumula décadas de uso, desgaste y falta de renovación. Una red que, por su propia antigüedad, se vuelve frágil ante cada golpe de la meteorología.

Cada fuga, cada rotura y cada tramo deteriorado tienen una historia detrás: años de inversión insuficiente, decisiones aplazadas, prioridades desplazadas. Lo que se pierde en una tubería no es sólo agua; es energía, es trabajo, es dinero público. Es un recurso escaso que se malgasta antes de llegar a quien lo necesita. Y eso, en una región estructuralmente limitada en recursos, no es un simple asunto técnico: es un problema estratégico.

Hablar de fugas no es hablar de gotas. Es hablar de un modelo.
Un modelo que debe girar —de forma urgente— hacia la modernización profunda de lo que ya tenemos.

Porque la verdadera transformación empieza bajo tierra. Empieza por admitir que no basta con mirar al futuro si no somos capaces de sostener el presente. Empieza por aceptar que la fiabilidad del sistema depende de la parte del ciclo que menos se ve.

Auditar redes, sustituir tuberías envejecidas, sectorizar, digitalizar, detectar fugas en tiempo real, planificar renovaciones con visión de 10 o 15 años… Nada de esto es llamativo, pero todo es imprescindible. Sólo así se pasa de la reacción a la prevención. Sólo así se garantiza que una tormenta no deje sin agua a un municipio, que una rotura no paralice un barrio, que una sobrecarga no obligue a cortar el suministro durante días.

Murcia tiene la capacidad, la experiencia y la tecnología para ser un ejemplo en gestión hídrica. Lo que falta es decisión: la decisión de mirar hacia abajo, hacia lo invisible, hacia lo que sostiene el sistema.

El reto no es construir más, sino cuidar mejor lo que ya existe. El reto no es inaugurar infraestructuras nuevas, sino evitar que las viejas fallen. El reto no es reaccionar a la emergencia, sino impedir que aparezca.

La Región no puede permitirse perder agua por el camino. Y reforzar las redes es la primera condición para no hacerlo. Nos jugamos la eficiencia, la seguridad hídrica y la tranquilidad de miles de familias.

La obra más urgente es aquella que no se ve.


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