El agua forma parte de la vida cotidiana de una manera tan constante que sólo reparamos en ella cuando falta. Abrir el grifo y encontrar agua potable es un gesto automático, casi invisible, que refleja la existencia de un sistema complejo diseñado para funcionar sin interrupciones. Precisamente por eso, el agua debe entenderse no sólo como un recurso natural, sino como un servicio esencial que exige planificación, cuidado y anticipación.
En regiones como la Región de Murcia, esta realidad adquiere una relevancia especial. La escasez estructural de agua, unida a un clima cada vez más irregular, obliga a gestionar el ciclo del agua con una visión de largo plazo. Sequías prolongadas, lluvias intensas concentradas en pocos días y episodios extremos más frecuentes sitúan a los sistemas de abastecimiento bajo una presión constante. Un ejemplo de esto es la situación que sufrieron en varios municipios de la Región de Murcia tras las fuertes lluvias de la dana Alice, que provocaron graves incidencias en el suministro de agua potable, llegando incluso a su interrupción o a declarar el agua no potable. Ante este escenario, improvisar no es una opción.
Anticiparse significa reconocer que los riesgos existen y que pueden gestionarse mejor cuando se actúa con previsión. Mantener las infraestructuras en buen estado, reforzar las redes de abastecimiento, modernizar los sistemas de control y actualizar los protocolos de actuación permite reducir la vulnerabilidad del sistema y garantizar la continuidad del servicio incluso en situaciones adversas. La prevención no elimina completamente el riesgo, pero sí amortigua sus efectos y protege a la población cuando más lo necesita.
La experiencia demuestra que cuando falta planificación, cualquier episodio meteorológico se convierte en una prueba para el sistema. Las incidencias no suelen deberse únicamente a la intensidad de la lluvia o a la duración de una sequía, sino a la capacidad de las infraestructuras para responder. Por eso, invertir de forma continuada en el mantenimiento y la mejora de las redes no es un gasto añadido, sino una condición imprescindible para asegurar un servicio público fiable.
Además, la anticipación requiere coordinación. El agua no entiende de límites administrativos ni de calendarios políticos. Su gestión exige una visión supramunicipal, una cooperación constante entre administraciones y una toma de decisiones basada en criterios técnicos y datos actualizados. Solo así es posible responder con rapidez y eficacia cuando se producen situaciones excepcionales.
Entender el agua como servicio esencial implica asumir una responsabilidad compartida. Administraciones, operadores y gestores deben trabajar con una misma orientación: garantizar la seguridad del suministro y la confianza de la ciudadanía. Cada actuación preventiva, por pequeña que parezca, refuerza esa confianza y contribuye a la estabilidad del sistema.
El futuro del agua pasa por anticiparse a los problemas antes de que aparezcan. Planificar, invertir y coordinar no son acciones visibles en el día a día, pero son las que permiten que el servicio funcione cuando más se necesita. Porque cuando el agua se gestiona con previsión, la normalidad se mantiene. Y en un servicio esencial, esa normalidad es el mayor logro.


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